domingo, 10 de noviembre de 2013

LISBOA: DECADENCIA QUE SEDUCE



En mi mundo ideal, sería decreto de ley echarle un manguerazo a las fachadas de las casas y negocios al menos una vez al año y acto seguido pintarlas de diferentes colores, adornando las ventanas con flores y guirnaldas.


Día1: Salimos de Sevilla el lunes 28 de octubre a las 11 a.m. en el mismo avión de juguete que nos llevó a Sevilla, damn. Aterrizamos sin contratiempos en Lisboa, donde atrasamos nuestro reloj una hora y tomamos un taxi fuera del aeropuerto que nos llevó al Hotel Fenix Lisboa -súper bien ubicado, al lado de la Avenida Liberdade y en el lobby regalaban manzanas verdes, ¡yes !-. Nos dieron una habitación linda, nos organizamos y pateamos la calle ipso facto.

Vista desde el Hotel Fenix Lisboa

Tengo que reconocer que vine a Lisboa sin averiguar nada previamente. No tenía ni idea sobre los lugares turísticos, los spots históricos ni cómo trasladarme. Ni siquiera sabía cómo se llamaba el hotel. Pero descubrí que viajar así también tiene su encanto. Te permite  perderte, imaginar, llegar a sitios que quizá con un mapa hubieras evadido y además te libra de pre-juicios sobre los "Must do". Tú te vas creando tu camino y tu historia. Así conocí Lisboa.

Mi mamá había venido por primera vez hace dos años con mi papá -justicia, yo repetí Holanda y Sevilla, ya me tocaba conocer algo nuevo a mí-, por tanto ella estaba bastante ubicada. Caminamos toda la Avenida Liberdade dirección al mar y recordé la quinta avenida de Nueva York, llena de tiendas que despiertan deseos pero que rechazan los bolsillos. Llegamos a la Praça Restauradores donde los edificios comenzaron su labor seductora con mi Canon. La ciudad me parecía clara, y es porque muchas de las calles y bulevares son de piedras blancas y reflejan el sol. Estaba nublado pero no hacía nada de frío. Obrigado Pacheco.

- A esta ciudad le hace falta como un manguerazo - repetía mi mamá mientras caminábamos. Y no se equivocaba, de verdad que no le ponen cariño a las fachadas de los edificios. La mayoría de las casas y negocios parecen sucias y decadentes, se ve polvo en los vidrios y las que tienen azulejos dan la impresión de estar abandonadas. Es una lástima, la ciudad es increíblemente pintoresca -me atrevería a decir que la más llamativa de todo el viaje-, todas las casitas están pintadas de diferentes colores, las ventanas varían en formas y diseño y sólo comparten los techos de simétricas tejas rojas. La sentía nostálgica, como a la espera de algo -¿del progreso?-. Pero como diría mi amiga Gress, "es una decadencia que seduce".


Llegamos a la Praça Rossio frente al teatro nacional, con una fuente muy linda y unas grecas en piedra negra que adornaban todo el piso, continuando por toda la Rua Augusta hasta la Praça de Comércio. Según mi mamá, esos mismos detalles en el piso se encuentran en Copa Cabana, Río de Janeiro. Me pareció lindísimo y elegante. Le dimos la vuelta para tomar el tranvía 28 que nos dejaría en lo alto de una colina, en el Castello Sao Jorge. Me sentí en San Francisco montada en este medio de transporte tan particular, apretadita por tantos turistas y deleitándome con las casitas y su gente. 





Nos bajamos en la zona más alta que alcanza el tranvía y desde allí la vista es estelar. El río Tejo (Tajo) se impone en todo el frente dando la sensación que lo que observamos es el mar. Pensé en los grandes navegantes portugueses y su majestuoso interés por gobernar las aguas y conquistar territorios. Y ¿cómo no?, desde allí provoca ser dueño del mundo.




Caminamos cuesta arriba para visitar el Castello -voy a llegar con las nalgas como una carajita de 15 si seguimos paseando por estas subidas, decía mi mamá sonriendo-. La fortaleza se levanta en lo alto de la zona de Castello, con dimensiones notables y vista prodigiosa. Sirvió como castillo, luego como defensa y en el terremoto de Lisboa de 1755 se destruyó por completo. El siglo pasado lo restauraron y ahorita es una suerte de parque-mirador para contemplar el río y la ciudad en perfecta simbiosis. Un lujo pararse en una de las torres, respirar la brisa fluvial e imaginarse como harían las princesas con esos vestidos tan pesados por bajar y subir esas escaleras tan intricadas. Mis respetos mes demoiselles.







Salimos de allí rumbo a la catedral en el barrio de Alfama, pero antes nos detuvimos a almorzar en un restaurante chiquito y acogedor. Estaba ubicado  un poquito más abajo del primer mirador, siguiendo la ruta del tranvía, a la derecha. Sin desperdicio. La catedral  nos sorprendió gratamente, con sus columnas de adornos abundantes talladas en piedra y un altar majestuoso al fondo. Comenzamos el descenso sin mapa y poca orientación buscando la Praça del Rossio para regresar al hotel, y nos encontramos con callecitas llenas de vida nocturna, cafés y tienditas. Decidimos caminar hasta la puerta de la Rua Augusta, por un boulevard repleto de locales y turistas, donde de vez en cuando se escuchaban Fados -música típica portuguesa-. Cruzamos el Arco de la Rua Agusta, entramos a la Praça de Comercio, pero no tomamos fotos porque el flash estaba mimadito. Regresamos al hotel por la misma ruta de ida: Praça Rossio, Praça Restauradores, Avenida Libertade y yo calculé como 15 kilómetros recorridos. No valía ni un bolívar -lo cual es igual a decir nada- así que nos acostamos temprano para aprovechar nuestro último día.



Día 2: nos levantamos a las 8 a.m. y después de enviar varios correos bajamos a desayunar. Por 5 euros, quedamos gratamente sorprendidas. El cielo se había puesto lindo, como todas las ciudades cuando se despiden de nosotras.


Mi mamá quería llevarme a conocer Barrio Alto así que sin mapa seguimos las señales de la calle. Para  ir a cualquier sitio, tienes que subir el Sacre Coeur tres veces sin pasar por Go ni cobrar 200$. Admiro a esta gente, ya entiendo por qué dicen que mis pantorrillas son de portuguesa.

Camino a Barrio Alto

Llegamos a una zona hippie estilo el Soho de NY llena de boutiques de diseñadores independientes. El barrio se llamaba Principe Real. Desde allí otro mirador nos regalaba la vista contraria al Castello Sao Jorge, mientras un guitarrista versionaba "Imagine" en portugués. Speechless. Bajamos caminando por todo el barrio de Chiado y siguiendo la ruta del tranvía caímos en la Praça de Comercio donde esta vez si nos pudimos tomar fotos. La plaza es un espacio abierto enorme que me hizo recordar la Plaza Mayor de Madrid pero sin uno de los lados. La brisa nos conducía al agua, donde nos sentamos en unas piedras en silencio a contemplar el río. Un poco más adelante, a la izquierda, el puente 25 de abril -muy parecido al Golden Gate de San Francisco- une dos trozos de tierra atravesando el Tajo.

Barrio Principe Real
Callecitas empinadas de Chiado
Praça de Commercio





Caminamos hasta donde me permitieron las ganas -estaba tan cansada que mi mamá decía que el baby se había robado todo mi power- y tomamos un autobús hasta Belém. Allí caminamos a través de un parque increíble donde la gente recibía el sol con alegría. Me provocó intensamente ser la Ministra del nuevo invento de este gobierno y dedicarme a construir y sembrar parques en toda Caracas; eso sí sería suprema felicidad. Pasamos frente al Monasterio de los Jerónimos, una estructura larga y rectangular de piedra maciza a la que también le hacía falta un manguerazo. Entramos a la catedral, descansamos del sol y salimos a comer los famosos pastelitos de Belén. Aquí está la panadería original -así como la Cueva de Iria de los panes de jamón en Sebucán- y tuvimos que hacer cola para entrar. Pero valió la pena la espera, son para chuparse los dedos. Imagínense una natilla dulcita y caliente dentro de una capita de croissant crunchy. Mucho con demasiado. Me dê três por favor.


Los ORIGINALES pastelitos de Belém, ñami ñami


Monasterio de Los Jeronimos

Interior de la Catedral del Monasterio



Caminamos hasta el Monumento aos Descobrimentos, una estructura colosal de piedra blanca que apunta al río. El cielo azul y el color blanco hacían un contraste esplendoroso. Nos tomamos las respectivas fotos y  nos dirigimos hacia la torre de Belém, que honestamente se veía más cerca de lo que realmente estaba. Ya yo estaba arrastrando los pies del sueño y el cansancio, pero llegamos a los souvenirs, regalito por aquí, regalito por allá y contemplamos sentadas en un muro la torre. Ha sido un viaje maravilloso mami, te amo, gracias por todo.

Monumento a los descubrimientos

Torre de Belén


Un taxista simpatiquísimo nos llevó de regreso al hotel contándonos anécdotas de sus pasajeros y hasta nos regaló su business card para seguirlo en Facebook y recomendarlo a próximos turistas. Cristina likes this. Eran las 4:00 p.m. y estábamos tan cansadas que nos quedamos en la habitación respondiendo mensajes y correos. Sentíamos que ya teníamos un recorrido importante por lo más lindo de Lisboa. Esa noche cenamos comida típica cerca del hotel, atendidas por un mesonero muy dulce y educado. Según mi mamá, en este viaje se reconcilió con los portugueses, a quienes concebía como personas antipáticas y desinteresadas. Nada más lejos de la verdad.

Ya sólo nos quedaba aceptar el retorno a la tierra del caos y añorar un viaje así en un futuro no muy lejano. Te amo mamá, gracias por acompañarme en esta travesía. Aterrizamos, Hello Disneyhell, comenzaron los aplausos.
Nostalgia portuguesa con vista al Tejo
Mirador de Sao Pedro de Alcantara
Desde el mirador Sao Pedro de Alcantara


Calidad de vida a orillas del Tejo
Callecitas empinadas y el famoso tranvía

Trabajo honesto en la Rua Augusta



jueves, 31 de octubre de 2013

SEVILLA: una iglesia, un bar, una iglesia, un bar



En mi mundo ideal, fuera ilegal no ver a tus amigos internacionales por más de dos años, de manera que el gobierno te prestaría ayuda económica para viajar a verlos y contribuir con la "Suprema Felicidad" de la amistad




Nuestro tercer destino en este #mota&dotaeurotrip fue la madre patria, España. En esta oportunidad viajamos hasta la región de la rumba y el flamenco, Sevilla, porque una gran amiga andaluza se casaba por estas tierras. Desde mayo planificamos el viaje, haciendo la parada en esta ciudad únicamente para acompañarla el día de su matrimonio, pero por razones ajemas a su voluntad mi amiga Rocío tuvo que postponer su boda para febrero cuando ya teníamos todo comprado. Ni modo, igualmente nos vinimos, pero ahora con fines turísticos.

Salimos del aeropuerto de Schipol Amsterdam a las a las 5:50 p.m. después de sudar pasando peso de una maleta a otra -los carry on nos pesaban 14 kilos cada uno y en mi familia es sacrilegio pagar extra weight-. Hicimos escala en Lisboa por 45 min y allí encontre unos sales fantásticos en la tienda Women's Secret donde me compré dos pijamas. Nos llamaron para el embarque vía Sevilla y nos hicimos pipi en las pantaletas cuando vimos que la nave era una avionetica más chiquita que la que viaja a Los Roques, tanto así que no cabía el equipaje de mano, no había aeromozas y hasta nos dieron unos tapones para aminorar el ruido de las turbinas. Oh, ¿Y ahora quien podrá defendernos? Nos encomendamos a todos los santos conocidos y por conocer y despegamos hacia el reeecuentro con mi amiga.

A las 12 p.m., cuando tocamos suelo andaluz, es que se puso buena la cosa. Recogimos las maletas, se abrieron las compuertas y Rocío y yo corrimos a nuestro encuentro en un "slow motion walk" Hollywoodense súper cursi que terminó en un abrazo sincero como de 36 segundos. Amiga, qué alegría volver a verte. Mientras le presentaba a mi mamá, escucho la voz que tenía tres semanas extrañando: mi #powerbaby venía corriendo hacia mí gritando "sorpresaaaaaaa". 

Yo no les sé explicar con suficientes palabras lo que sentí en ese momento. Hacía menos de 1 hora estaba hablando con él por Whatsapp -gracias Lisboa por los 30 minutos gratis de Wifi para los pichirres-, le contaba mi status geográfico y él me actualizaba sobre su día en New York. Según él mi cara fue una ensalada de "WTF" con "¿estoy soñando?" y "pana qué susto". Tanto fue así que según él cuando me abrazó yo ni moví los brazos, estaba en estado de shock. Pero es que baby, ¿cómo te me vas a aparecer así sin saber si yo me había llevado afeitadora o no? Dios mío, yo me fui a Europa con mi mamá en invierno, no iba a usar falda en años y no tenía hecha ni la manicure. Y con lo elegante y cuidadosamente arreglado que está siempre mi baby, me iba dando una baja de tensión súbita. Superada la fase física, -Muchacha gafa, cruzó el Atlántico por venir a verte, esta noche resuelves lo del mostacho- pensé en mi mamá: -Ay, ¿qué va a pensar ella? ¿Este no era un viaje de "mom and daughter sharing time"? ¿Se sentirá incómoda?. Pues amigos lectores, María Carmelina Faría fue la cómplice mayor en esta historia y tenía dos meses guardando el secreto -berro Ma' te felicito, mira que a ti te encanta repetir lo que una te cuenta-. Fui doblemente sorprendida. Y después de preocuparme por tantas pendejadas, caí en cuenta que viajar a Sevilla solo por 3 días y cargar con el jetlag únicamente para compartir conmigo, means that he really cares. Ahora sí Víctor Badell, ven para darte un beso por bello y perfecto.

Mi amiga nos llevó hasta el Hotel Sevilla Center y nos despedimos con un segundo abrazo prometiéndonos un fin de semana increíble. Me tomé una foto con Víctor y se la mandé a todas mis amigas. -Marisca qué destacado, he is a keeper-, -Te lo dije que se te iba a aparecer-, -¿tu mamá sabía? No lo puedo creer. Bravo Carmelina-, -¿What? Resuelve lo de los bigotes ya. Esa noche me costó dormir sabiendo que él estaba 4 pisos más abajo, así que puse el despertador tempranito para salir a trotar juntos.

Día 1. Ya es viernes en Sevilla y el cielo amaneció llorón. Desperté a mi novio más emocionada que adolescente antes de su primer beso y bajamos al gimnasio a trotar. En dos semanas corremos nuestro primer 10k juntos. Lo hicimos bastante bien -un poco más de 8 kilómetros en 40 minutos- y luego nos encontramos con mi mamá para ir a desayunar. Qué linda oportunidad para nuestra relación que Víctor y ella pudieran compartir la jornada completa durante 3 días, desde el desayuno hasta el "buenas noches Sra. Carmelina".

Desayunamos como en el Olimpo y mi hermana andaluza nos buscó alrededor de las 11 de la mañana. Hacía un frío ligero y el cielo estaba encapotado. Nos dirigimos a un monumento nuevo -digo "nuevo" porque cuando vine en el 2009 no estaba- que le dicen "Las setas" en la plaza de la Encarnación y subimos al último piso a un mirador exquisito. ¡Qué linda Sevilla po' favó!', con todas sus casitas en tonos blancos y tejas rojas. El artilugio desde donde estábamos admirando la ciudad también estaba pintado en crema claro, porque según nuestra guía turística Rocío, tenía que combinar con la ciudad.

Metropol Parasol, mejor conocido como "Las setas  de la Encarnación"


Vista de Sevilla desde el Metropol Parasol



Bajando de allí nos sorprendió la lluvia, así que nos refugiamos dentro de la Iglesia del Valle, frente a la plaza. Le di las gracias a Dios por darme tantos regalos a la vez: el reencuentro con mi amiga del alma, viajar con mi mamá y compartir tantos días con ella -cosa que en Caracas es imposible- y caminar de la mano con mi #powerbaby en tierra bendita. Corrimos a buscar unos paraguas en el coche y seguimos nuestro recorrido por las callecitas intrincadas del centro de Sevilla.



Gran parte del encanto de esta ciudad es su carácter religioso. Hace cuatro años vine a visitar a Ro en plena Semana Santa y descubrí que aquí es una celebración que comprende una seriedad solemne. Cofradías de todas las iglesias salen a la calle con Cristos, Vírgenes y Santos perfectamente adornados con vestidos de alta costura y flores de todos los tipos y colores. Hay hombres que llevan el peso del santo en sus hombros y hasta hacen la ruta descalzos, muchos vestidos de nazarenos. Una maravilla que hay que ver por lo menos una vez en la vida. Así que viniendo a Sevilla es un must hacer un paseito por las iglesias, y más con Rocío que hasta pertenece a una cofradía.

Fachada Iglesia del Salvador

Comenzamos callejeando, haciendo "window shopping" y buscando un vestidito de flamenca para mi Piwi - Alexa Moncada, mi amada sobrinita-. Entramos en dos iglesias espectaculares; la más bella de todas fue El Salvador de estilo inconfundiblemente rococó donde mi amiga sueña con casarse algún día. Nos tomábamos fotos en cuanta esquina se nos cruzaba y yo era inmensamente feliz que finalmente estábamos en un país donde se hablara en mi idioma -al fiiiiiiin español tío-.


Interior Iglesia del Salvador


Llegamos a la catedral de Sevilla y a la Giralda -no subimos, el día estaba gris- y allí caminamos hasta el Real Alcázar, un mini Alhambra fantástico. Aquí recordé las 800 fotos que tomé cuando vine con mi amiga Paty así que esta vez me controlé. Es un paseo recomendadísimo para conocer un poco más sobre el arte Mudejar y adentrarse en los jardines reales, una 8va maravilla sin nominación. Les dejo algunas fotillos.








Salimos de allí ávidos por seguir conociendo pero preferimos comernos algo porque en España los comercios cierran en la tarde y vuelven a abrir de noche, y no queríamos que nos pegara el hambre sin morada. Víctor le pidió a Rocío que nos llevara a un restaurante de tapas para locales, no turístico, y con una sonrisa nos llevó a La Bodeguita Casa Blanca. Aquí ni ojeamos el menú y dejamos que mi bella andaluza nos sacudiera el paladar con las tapas más sabrosas. Y vaya que se destacó. Salimos de allí con la barriga llena y el corazón contento y, dado que hubiera sido un insulto para nuestra guía turística que tomáramos el "Hop on Hop off bus" en su ciudad natal, mi mamá ansiosa optó por los caballos y la carreta. Brilliant.



Nos encaramamos en nuestro transporte medieval dirigidos por un sevillano llamado Miguel que nos iba explicando por donde nos llevaba -tan bella Rocío que se vino con nosotros y ya se sabía todo de memoria-. Pasamos por el Barrio Judío, la Plaza de toros, el Parque María Luisa, el Ayuntamiento y la Plaza España -en mi opinión, esta última es de lo más bello de Sevilla- en un paseo de aproximadamente 40 minutos. Quizá nunca se me hubiera ocurrido tomarlo, pero fue buena idea.

Plaza España




Salimos de allí encantados y entramos en una tienda de souvenirs donde encontramos el traje perfecto para Alexa la más bella, pero mi mamá y su perpetua indecisión no se lo llevaron -venimos el domingo, capaz lo consigo 1 Euro más barato-. Allí compramos las entradas para ver un tablao flamenco en el Palacio Andaluz, qué emoción. Caminamos hasta la Torre del Oro, donde contemplamos el atardecer con vista a Triana frente al río Guadalquivir. Qué bendición.

Torre del Oro


Después se probar los famosos churros con chocolate, Ro nos dejó en el hotel alrededor de las 9 de la noche y 1 hora después nos pasó buscando a Vic y a mí para conocer a su futuro esposo y salir a tapear los 4. Fue un súper plan conocer a Miguel, un sevillano muy guapo y jovial que de 10 palabras se ríe 8 -me hizo dudar la creencia de que nadie hablaba más rápido que mi hermano Ramón-. No teníamos hambre pero es difícil resistirse cuando te ponen los platos en la mesa, así que picamos de todo un poquito y nos devolvimos al hotel a media noche. 

Día 2. El sábado nos tocaba visitar la ciudad morita de Córdoba. Ya yo la conocía, pero con esta compañía repetiría cualquier destino. Los #powerbabies no tuvimos fuerzas para trotar, así que nos desayunamos otro manjar de Dionisio y a las 9:45 a.m los tres tomamos un taxi hasta la estación de trenes Santa Justa. Allí nos montamos en el AVE vía Córdoba y una española amabilísima sentada a mi lado le intercambió su puesto a Víctor, quien bajo las secuelas del Jetlag durmió en mi hombro todo el camino. Llegamos a nuestro destino y sin mapa en mano salimos de la estación rumbo al caso histórico.



 

El centro de Córdoba es el lugar perfecto para fotografiar ventanas, las hay cuadradas, redondas, con rejas, con flores, amarillas, rojas, con azulejos, usted busque que aquí encuentra. Las callecitas son tan estrechas que cuando iba a pasar un carro los transeuntes se paralizaban para observar si realmente era posible que pasara con éxito. -No vale, aquí lo que hay que montar es un taller de latonería y pintura- decía el #powerbaby tocando los rayones de todas las paredes. Ese día estaba media España en Córdoba, específicamente tours de tercera edad, y nos disminuían un poco el ritmo del paseo. 

 




Curioseamos en las tienditas, compré mi respectivo pin cordobés, me tomé fotos romanticonas con mi novio y llegamos al puente que cruza el río Guadalquivir. Allí subimos una torre y fotografiamos Córdoba desde las alturas. Salió un sol Roqueño espectácular y tuve oficialmente las primeras fotos de España con cielo azul. 

Fachada lateral de la Catedral/Mezquita de Córdoba


Puente que cruza el Guadalquivir



Desde allí, nos devolvimos hacia la famosa Mezquita/Catedral de Córdoba. -Wow, esto es el Super Wallmart de las mezquitas- dijo Víctor al entrar mientras yo me reía de lo "green-go" de su comentario. Esta obra arquitectónica estuvo diseñada para ser un templo musulmán durante la ocupación árabe en España. Con la caída de los moros en alrededor de los 1.200 d.C., los católicos la convirtieron en una catedral -o al menos eso intentaron-.



 Al entrar y ver la grandeza del espacio, la magnificencia de sus arcos y columnas y el resplandor de sus altares, sólo pude pensar en los miles de esclavos que estuvieron años dándole y dándole al mármol con el cincel. Esto tuvo que haber sido un trabajón. Es tan grande que yo creo que se pueden celebrar 3 misas simultáneas y los fieles ni se enterarían. Y después de la omnipresencia mora, llegaron los católicos e hicieron un carnaval de altares en unos espacios no diseñados para ese fin, conviertiendo, en mi humilde opinión, aquella maravilla en un santuario de mal gusto. Cero distribución lógica del espacio y por poco nos perdemos el altar mayor, súper mal ubicado. Pero como dijo una española por ahí, "todavía el libro del gusto está en blanco"
 



Salí de allí antojadísima por tomarme una Salmoreja (sopita de tomate espesa típica de Córdoba que se come fría) y nos paramos en un restaurante muy chic llamado Divino's. Cadivi invitó el almuerzo -¡uf!, pasó- y tomamos el RENFE de regreso a Sevilla rumbo al Nervión, un centro comercial súper completo donde pensaba rasparme el cupo sin divina piedad. No fue tan así porque me faltaba pagar el hotel de Sevilla y Lisboa, pero pude hacer algunas compritas.

Llegamos al hotel corriendo a las 8:15 p.m, lanzamos las bolsas en la cama, nos bañamos volando y pedimos un taxi vía al Palacio Andaluz. Venir a Sevilla y no ir a un tablao flamenco es como ir a Paris y no acercarte a ver la torre Eiffel, visitar Roma y no pasar por el Vaticano, venir a Venezuela y no comerte una buena arepa. Como bailarina, disfruto inmesurablemente estos espectáculos y este en particular nos lo recomendaron porque los bailaores son gitanos, es decir, llevan el taconeo y las palmas en el torrente sanguíneo desde antes de nacer. ¡Qué ansieda', que comience tío!

El lugar era un restaurant-teatro perfecto para disfrutar del espectáculo desde cualquier ángulo. Sugerí sentarnos en la segunda fila, no quería que ninguna cabeza me tapara los pies de los bailaores. Víctor y mi mamá pidieron vino, yo pedí champagne. ¡Salud! Por mil y un viajes más así.

Comenzó un prodigio de la guitarra arpegeando. Ya se me paraban los pelos. Cuatro bailaoras en el frente se repartieron el primer tema ofreciendo solos variados con típicos trajes de cola: una bailó sin ningún accesorio, la otra con abanico, la siguiente con castañuelas y la última nos deleitó con el movimiento sublime del mantón. Me llamó la atención que de todo el grupo solo hubiera dos chicas jóvenes, el resto eran mujeres bastante maduras -estas ya cobran Seguro Social, decía Víctor entre risas-. Me hizo pensar que el Flamenco es una danza noble, porque te permite practicarla a cualquier edad, beneficios que no te ofrece el Hip hop o el Ballet.

Escuchamos el típico canto jondo, vimos Sevillanas y Bulerías y admiramos los diferentes trajes, mantones y flores. Pero realmente lo más impresionante fueron los hombres, verdugos bailarines del más allá. Punta-tacón, punta-tacón, punta-tacón a velocidades sobrehumanas. Hacían temblar el piso y mi corazón. Cuando la música se callaba, sus zapateos armonizaban el silencio, con golpes secos que me hacían delirar. Poco a poco aumentaban la velocidad, punta-tacón, punta-tacón; iban subiendo los brazos con palmas abiertas, punta-tacón, punta-tacón; sus ojos fijos al fondo del teatro, punta-tacón, punta-tacón; las palmas suaves luego se convertían en golpes fuertes y viene el giro uno, pirueta dos, se acerca el orgasmo, ellos lo sienten, el público lo siente y el Dios termina su ritual con un golpe seco al suelo, la cabeza ligeramente erguida y el caprichoso "olé", con la algarabía del deber cumplido. En ese momento entendí que se puede sentir verdadero placer sólo con la contemplación. Perdonenme esta, no tomé ni una foto, me obligué solo a observar.

Se terminó el show y salí con la idea de empezar a bailar flamenco llegando a Caracas. Sonó la alarma del hambre y nos montamos en un taxi sin saber a donde ir. -Señor, llévenos a un bar de tapas típico, así como por el centro, cerca de una plaza o algo así-. El taxista un tanto confuso ante nuestra petición nos respondió -Oiga, pero es que tiene que ser más específico, aquí en Sevilla hay un bar, una iglesia, un bar, una iglesia, un bar, una iglesia-. Nos reímos a carcajadas y all of a sudden mi mamá recordó que cuando vino con mi papá en 1999 había un restaurante muy famoso en el barrio de Triana, conocido por su pescaíto frito. -Vale, es que venir a Sevilla y no come' pescaito frito es como si no hubierais venio', ahora mismo los llevo al Kiosko de las Flores-.

Cruzamos el río Guadalquivir a la altura de la Torre del Oro y entramos a Triana, una zona con muchísima vida nocturna llena de bares y discotecas. Le preguntamos al chofer si sabía de donde venía el dicho "la verga de Triana". Se quedó como el hijo de Limbert y nosotros en el mismo status. Nos bajamos en el Kiosko de las Flores, un restaurant súper bien ubicado con vista al río, la Torre del Oro y en el fondo asomada la Giralda iluminada. El mesonero era tan chévere que provocaba darle un abrazo. No vimos el menú y pedimos el plato típico, el "Pescaíto", una bandeja llena de fritanga marina en todo su esplendor. Acompañamos con vino, una degustación de quesos y patatas fritas. Esta vez también invitó Cadivi. Bon apetit.

Al salir caminamos un poquito por la zona para bajar la cena y mi mamá tomó un taxi para irse a descansar al hotel. ¿Cuantas veces en la vida estas con tu novio en Sevilla, en una calle llena de discotecas y un clima tan sabrosito? Usted y yo no nos vamos de aquí Víctor Badell, usted y yo vamos a bailar. Entramos en la única discoteca que rezaba un nombre latino en su fachada -perdonenme ésta también, lo olvidé- y bailamos merengue de cuando yo cursaba el bachillerato. -Esta va a pegar-, le decía a mi baby entre risas. Qué horror de DJ, un niño en Venezuela sabría mezclar mejor. Igual nos vacilamos el lugar, bailamos apretadito, cantamos las que nos sabíamos y a las 2 de la madrugada nos regresamos al hotel. Mañana sería nuestro último día juntos en Europa -por ahora, espero-.

Día 3. Bien, ya conocimos bastante bien Sevilla, viajamos hasta Córdoba y no nos apetecía la idea de quedarnos todo el domingo en la capital andaluza. Mi mamá había leído sobre una ciudad cercana llamada Ronda que parecía ser un paradero turístico interesante y quedaba a una hora de distancia. Ro y Miguel amablemente se ofrecieron a acompañarnos así que pasaron por nosotros a las 10 a.m.

Parque de Ronda

Durante todo el camino mi mamá le dio cuerda a su lengua y no paro de hablar -comportamiento "atípico" de su parte- mientras los #powerbabies roncaban el trasnocho de la rumba anterior. Llegamos a Ronda cerca del mediodía y nuevamente el cielo nos conquistó con su ausencia de nubes y la omnipresencia del sol -y yo con manga larga y bufanda-. Caminamos por un parque que tiene una vista increíble a un acantilado y comenzó la sesión de fotos. El pueblito es increible, está como encaramado en unos riscos. Sentí vértigo.



Llegamos hasta la plaza de toros, pedimos un mapa y nos dirigimos hasta el punto más turístico de la pequeña ciudad: el puente nuevo. Imagínense un puente románico de los años de cataplún que conecta dos pueblos montados en dos riscos, atravesando un río que se vislumbra muy lejos en el fondo. Nuevamente salió dentro de mí la Madre Cristina de Calcuta y pensé en la cantidad de esclavos que habrán trabajado por años para construir esa estructura. Por aquí algunas foticos.

Casitas en riscos, Ronda




Seguimos caminando, cruzamos el puente y buscamos un lugar para tomar las mejores fotos de la estructura. En un parquesito había una bajada que llevaba a un mirador, pero Miguel se disculpó afirmando que todo lo que baja tiene que subir y que él no tenía fuerzas para caminar ese trecho -el día anterior habían estado en una boda-. Así que Rocío y él fueron a tomarse un trago y el #powerteam se encaminó risco abajo para tener fotos cliché con el puente de fondo. Bajamos con cuidado, cheeeeeeese y subimos lentamente bajo un sol primoroso. Joé qué caló.



Nos encontramos con nuestros amigos andaluces y nos llevaron a comer a Casa Santa Pola, un restaurante espectacular con vista al risco y dueños encantadores. Por tercera vez nisiquiera abrimos la carta y nos encomendamos a sus recomendaciones culinarias en nuestro último día de visita. Lo que probamos, no tiene explicación semántica y lamento no haberle tomado fotos a los platos. Pero si alguna vez se acercan a este spot, esto es lo que deben pedir: Ajo blanco (sopa de leche de Almendras), Salmorejo, Sopita de Puchero, Degustación de quesos locales, Cochinillo (este no tiene padrote) y Solomillo de ternera. Sin palabras. Miguel insistió en pagar la cuenta -gracias- y seguimos caminando por las acostumbradas tiendas de souvenirs. 

Compré mi pin y mi postal Rondeña, mi mamá le consiguió el vestidito a la princesa Alexa y caminamos hasta el centro a probar las típicas "Yemas del Tajo". Imagínense la yema del huevo batida con azúcar, amasada en forma de bolita. Rocío nos advirtió que ella no las comía, pero los #powernovios nos aventuramos a la degustación. Víctor de casualidad no vomitó -guacala-. Yo me terminé la mía pero acto seguido me tomé 500 ml de agua. A mi mamá fue a la única que le gustó el invento así que compró una cajita para llevar.

Ro, mi amiga del alma, y su futuro esposo, Miguel


Tomamos carretera de regreso a nuestro origen, esta vez para pasar a saludar a la Sra. Reyes, la mamá de Rocío. Reyes es una mujer andaluza elegantísima, con una amabilidad empalagosa y una sonrisa tatuada en el rostro. Nos recibió en su casa un rato mientras sus nietos brincaban sin parar, hablamos sobre Venezuela y sus tragedias -no puede faltar el tema político- y nos despedimos con un abrazo caluroso tan sevillano como caraqueño. Nos parecemos, al fin y al cabo, ellos nos conquistaron.

Llegamos al hotel a enfrentar la tragedia de hacer maletas por tercera vez, oliendo casa vez más el aroma del café venezolano y la humedad de nuestra tierra. Esta vez no sudaríamos en el counter de TAP, compramos un nuevo carry on. El lunes nos despedimos de Víctor después del desayuno -hasta el domingo baby, gracias por todo, te quiero- y nos fuimos al aeropuerto. Hasta pronto Sevilla. Próximo y último destino: Lisboa.

Las niñas en Ronda


Novio y mami en el Real Alcázar de Sevilla

Callejeando por  Córdoba

Catedral/Mezquita de Córdoba

Vista desde Ronda