lunes, 28 de octubre de 2013

HOLANDA: EL PROGRESO EN SILENCIO



En mi mundo ideal, las cortinas de nuestras ventanas siempre permanecerían abiertas, porque no tendríamos miedo a la invasión de nuestra propiedad y sería un gran placer mostrarle al mundo nuestra cotidianidad



Salimos de Bonn alrededor de las 10:30 a.m. después del majestuoso desayuno -como buena venezolana, me abastecí de potecitos de Nutella para una semana completa-. Hicimos un último recorrido por la ciudad, visitamos un castillo, tomamos chocolate caliente a las orillas del Rhein y le dimos un hasta pronto a Alemania y su particular aroma otoñal. Aufwiedersehen.




Tomamos la autopista y a las pocas horas ya estábamos en Holanda. Desde que pisé estas tierras me sentí en un cuento de Disney. ¿Qué probabilidad tienes de encontrar en un mismo sitio pasto tan verde, vacas blancas con perfectas manchas negras y molinos de viento en cada kilómetro? En el aire está escrito "Érase una vez", The Netherlands es un fairy tale palpable.

Llegamos a casa de Claudia en Delft el domingo 20 de octubre alrededor de las 5 de la tarde. Su esposo Jack Breen, un holandés hippie y simpatiquisimo, y su hijo mayor Yoshi Breen, músico excepional de casi 2 metros de alto, nos recibieron con un caluroso abrazo y comidita indú para la cena. 20 puntos. Esa noche hablamos de Bonn, escuchamos música de Yoshi -ok, no les exagero, la banda de esta criatura es increíble, se llaman Sunday Sun y aquí les dejo un link para que escuchen su música http://www.sundaysunmusic.com- y planificamos a grosso modo nuestros próximos días en Holanda. Nos dieron dos cuartos en el ático -impresionante cómo las escaleras de estas casas parecen de bomberos- subimos casi de cuatro patas y nos acostamos a dormir.

Hace un par de meses me inscribí con mi #powernovio para correr los 10km de We Run Caracas. La carrera es en dos semanas y yo, siempre tan obsesiva con las responsabilidades y la calidad de los resultados, no estaba durmiendo bien de pensar que iba a llegar a la meta detrás de la ambulancia -qué exagerada-. El caso es que en mi primer día en Holanda me monté un sweater y con todo el coraje -se necesita mucho para salir con 11 grados- me fui a trotar por los canales de Delft. Y así comenzó mi día, cruzando puentecitos de juguete y admirando la vida en bicicleta de los holandeses. 


Uno de los tantos puentecitos que ofrece Delft

Día 1: Desayunamos en familia pan con mermelada y queso Gouda, Yoshi se despidió prometiendo ir a Los Roques pronto y comenzamos la vuelta de reconocimiento por la ciudad. Delft es una postal tan cuchi que provoca meterla en una cajita y llevársela a casa. Es una coquetería absoluta desde la A hasta la Z. Los mini canales tienen paticos de cabeza verde y los puentecitos parecen de lego. Las ventanas de todas las casitas, perfectamente verticales, siempre permanecen abiertas, así que es una oportunidad hermosa para curiosiar entender cómo vive la gente. Mi mamá se preocupaba por la gente que quería salir del baño en toalla, pero a mi me parecía fantástico que no cerraran las cortinas. Por la falta de espacio, las familias crean pequeños jardines en las entradas de sus casas -glorioso-, hay más biciletas que ciudadanos y a donde te volteas hay un gatico -no me gustan los gatos, pero estos son disneylandicos-






Visitamos la plaza central, las dos Iglesias, la torre inclinada -como la de Pisa- en la Oude Kerke (vieja catedral), paseamos por las casitas de diferentes pintores (Johannes Vermeer, el creador de la pintura The Girl with the pearl earing, vivió aquí) y luego nos tomamos un chocolate caliente con crema en el centro. -Yo aquí engordando como una vaca holandesa y esta gente monta que monta bicileta, pana estas mujeres no deben tener celulitis- pensaba de vez en cuando.


Cuando vine a Delft hace cuatro años, Claudia y Jack me llevaron a conocer The Hague -Den Haagen-. Me pareció lindo que mi mami visitara la ciudad donde reside el Tribunal de Justicia Internacional más importante del mundo y además camináramos por la playita que tienen ahi cerca. Así que tomamos un tranvía -coño qué robo, 12 euros la gracia de "la playita", decía mi mamá- y despues de 40 minutos llegamos a nuestro destino.

Hotel súper fancy en el puerto de La Haya

Nunca una ciudad me había parecido tan medieval como ésta. El parlamento parecía un castillo de 1.200 d.C, las calles empedradas, las banderas en los puentes y las coronas de rey en algunos faros callejeros, me hacían pensar que en cualquier momento se iba a asomar un dragón por una torre o me iba a atropellar un caballo. Qué bueno es regresar a una ciudad y poder analizarla con otra perspectiva. 

Iglesia medieval en La Haya


Mientras caminábamos Claudia me explicaba todo acerca del sistema de diques que tienen en este país.  La mayor parte de Holanda está debajo del nivel del mar, es el delta del Rin y todas las ciudades están acanaladas. No solo eso, sino que las casas están literalmente a 7 pasos de los canales y es imposible no preguntarse cómo hace esta gente cuando cae un palo de agua. Pues la tecnología de este país tiene otro nivel, tanto es así, que cuando se inundó New Orleans llamaron a los holandeses para que fueran a resolverles la catástrofe. Entonces pensé que Holanda tiene un pueblo altamente inteligente y a su vez modesto. Ellos no le gritan al continente su primer mundismo, no es un país que suene en los medios, nisiquiera se meten en problemas, pero vaya que tienen todo bien controlado. Hasta los molinos les sirvieron hace siglos para utilizar inteligentemente su mayor recurso -el viento- contra su peor enemigo -el agua-. Definitivamente este país está progresando en silencio.

Caminamos hasta la playa donde hay un pier enorme lleno de restauransitos, tiendas de souvenirs y turistas pasando la tarde. Estaba frío y nublado así que nadie se estaba bañando en la playa, pero habían muchos niños jugando en la arena. Lo que más me gustó fueron las esculturas à ciel ouvert a mitad del tramo. El hambre tocó la puerta y nos engullimos un cono de papas fritas con mayonesa. -Ya pronto nos van a ordeñar si seguimos jartando así- pensaba sonriendo mientras me chupaba los dedos.

Puerto turístico en La Haya


Seguimos conociendo la ciudad, compramos los respectivos souvenirs -ahora ando como loca coleccionando pines de cada ciudad que visito- y entramos al Ayuntamiento de Den Haag, un edificio blanco, enorme y majestuoso que no se lo pueden creer. El arquitecto, Richard Meier, creó todas las oficinas con amplios ventanales sin cortinas, como parte de la premisa que los asuntos gubernamentales deben verse y sentirse transparentes, y le gusta trabajar con blanco porque afirma que el color lo trae la gente. Genio. Por aquí un par de foticos.

The Atrium "Ice Palace" en La Haya

The Atrium "Ice Palace" en La Haya. Vista desde el piso 17



Llegamos a la casa alrededor de las 8 de la noche y Jack nos esperaba con salmón, papas fritas -más papas fritas- y ensalada de queso feta. Lovely Jack. Ese día caí en la cama como un plomo.

Dia 2. A Claudia se le ocurrió hacer una ruta en carro por el país (Holanda es un país bastante pequeño, con 17 millones de habitantes y todas las ciudades están perfectamente interconectadas). Primero visitariamos a la mamá de Jack, luego conoceriamos los molinos de viento originales de 1.600 d.C y terminariamos en Ultrech, donde visitariamos al segundo Breen.

Comenzamos por la Sra. Breen, una mujer regia de 88 años que nos recibió con cariño en un perfecto inglés. Soñé nuevamente con una vejez tranquila y feliz, con un laguito en frente y floresitas para regar. Esta gente no tiene problemas, pensé. 

Seguimos carretera al norte vía Zaanse Schans, donde visitamos una exhibición real de las casitas holandesas de madera y tejas verdes, acompañadas de sendos molinos de viento. Pensé en la majestuosidad de la mente humana y las maravillas que hemos creado a lo largo de los siglos. Claramente insistí entrar en uno, pagamos nuestro fee y aprendimos todo sobre el proceso interno, en este caso, el molino servía para extraer pigmentos de las piedras. Once in a life time experience. Seguimos caminando, entramos a la tienda de quesos -impelable, degustamos hasta lo incomible: queso ahumado con hierbas, Gouda con pimienta, Edam con pesto- tomamos las últimas fotos y nos encaminamos vía Ultrech, nuestro último destino del día.




Nuestros lindos anfitriones, Claudia y Jack Breen

Ultrech es una postal pero panorámica. Más grande que Delft pero más pequeña que Amsterdam, es la ciudad ideal para alojar estudiantes de todo el país. Tiene canales -como todas las ciudades del país- y restauransitos en las orillas. Lo más cool de esta ciudad es que los carros no pueden entrar al downtown, así que en las callecitas sólo te encuentras "pedestrian and bikes". Muy green, carita feliz. 





Aquí vive con su novia Julian Breen, el segundo hijo de Claudia y Jack, cinematógrafo de 25 años que nos recibió cariñosamente en un bar super cool y luego nos hizo un recorrido a pie por la ciudad. En la noche nos llevó a conocer su apartamento -un edificio muy lindo a las afueras de la ciudad- y nos cocinó una carnita deliciosa con papitas al vapor y coles de bruselas con miel. Qué manjar. Hablando con él sentí nostalgia de que en Venezuela un joven de su edad, ganando más dinero que él, ni de chiste puede pagar el alquiler de un apartamento así, ni mantenerse y además ahorrar para viajar. Qué tristeza. Después de la velada, regresamos a nuestra postal. Mañana, rumbo a la capital.

De izquierda a derecha:
Neeke -novia Julian-, Julian Breen, Jack Breen, mi persona, Claudia Breen

Las amiguitas: mami y Claudia

Ultrech, Holland


Día 3: Este día nos tocó Amsterdam, la capital. Mi mamá tenía 40 años sin venir y a mi, aunque ya la conocía, no me disgustó regresar. El problema fue que ese día el clima amaneció malcriado, y cuando salimos de la estación de trenes, la brisa nos recibió con tres cachetas. Plas Plas Plas, bienvenidos a la ciudad de la locura y la marihuana.



Lo primero que hicimos fue montarnos en el mejor amigo de mi mamá, Hop on and hop off bus. Allí le dimos una vuelta a la ciudad en unos 40 minutos -al igual que en Berlín, cayó tremedo palo de agua así que nos salvamos-. El cielo estaba muy nublado, de ese color que no importa cual cámara tengas ni cual balance de blanco ajustes, no te deja tomar fotos bonitas. Nos bajamos y tomamos el barquito por los canales y desde allí conocimos la ciudad desde el agua. Aquí el clima nos mostró su lado bipolar y nos regaló un sol inconstante que nos permitió sacar algunas foticos chéveres.

Canales de Amsterdam






Honestamente, Amsterdam me pareció la New York europea: muy gritona. Particularmete me gustan las ciudades más acogedoras, donde te sientes bien recibida y no te pierdes los pequeños detalles. Aquí me sentía como una obeja en medio del rebaño y los ciclistas me hicieron recordar a los motorizados en Caracas: ellos son los dueños de la vía.

Caminamos un rato, nos engullimos otro cono de papas fritas con mayonesa -el tercero de la semana y era miércoles- y llegamos hasta la casa de Ana Frank, una niña judía víctima de la persecución nazi que dejó un diario donde narraba todo acerca de sus tres años de asinamiento. Una historia muy conmovedora, les recomiendo visitar su escondite.



Cuando salimos de allí ya era de noche así que comimos cerca del Magna Plaza -un centro comercial grandísimo y súper caro- y luego de vuelta a la estación central oliendo marihuana y recibiendo los pellizos del viento. Muy loca esta ciudad, creo que la doy por conocida.

Al día siguiente salí a trotar nuevamente, esta vez me exigí un poco más y después nos fuimos a comprar los respectivos quesos de regalo. Con pimienta para el #powerbaby,  Gouda para mi papá, con hierbas para los compadres y después del tarjetazo, ya llevabamos 8 kilos en las manos. -Bien bonito, ahora hay que meternos el queso hasta dentro de las botas, fájate ahí pues-.



Claudia, con un dejo de nostalgia, nos abrazó en el aeropuerto agradeciendonos por visitarla -por Dios, gracias a tí chica-. Sentí que no volverían a pasar cuatro años para verla de nuevo. Holanda se despidió de nosotras sin una nube y un sol fluorescente. 



PD: no nos funcionó la estategia de los quesos, cada carry on pesaba 14 kilos y nos los rebotaron en el counter. Tuvimos que mandar uno por carga y montarnos un perolero encima. ¡Qué fail!


Ventanitas florales en Ultrech -de sueño-


Feria de diversión en Amsterdam frente a Madame Tussauds.


Estacionamiento de bicicletas en Amsterdam. Tres veces el Sambil.








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